Adios a un grande

Conocí el trabajo de Anthony Burdain igual que todos: en alguno de sus programas, hace muchos años, por casualidad. Su desenfado, más que relajado, lo sentí desdeñoso. Me pareció pedante.

Años más tarde, al escucharlo con más detenimiento, al leerlo sin prejuicios, al mirar más de cerca su trabajo y su trayectoría, entendí que el pedante y el soberbio había sido yo.

Anthony Bourdain escribió una pieza verdaderamente elogiosa acerca de México. Expresó toda una apología no solo de la comida, que era algo que dominaba, sino de la sociedad, que era otra cosa que dominaba profundamente. Y con ese escrito, Anthony no solo logró cambiar mi opinión personal sobre lo que era su trabajo como un chef reconocido, un foodie internacional y un conocedor de las tradiciones culinarias del mundo; logró cambiar mis propias percepciones de mí mismo, de mi México y de cómo damos tantas cosas por hecho sin valorarlas en su justa dimensión.

Anthony era un hombre capaz de dar lecciones. Y digo “Anthony” porque para mi, en ese escrito, me tocó en el corazón como un amigo. Eso me parece mucho más grande que el inmenso legado culinario que ha dejado. Anthony se me descubrió en ese momento como un hombre franco y real. Un ser humano profundamente comprometido con lo que sabía del mundo. Un hombre apasionado, pero no solo de la comida como tal, sino de la cultura gastronómica y la forma en que la comida decanta todo el sincretismo que existe detrás de las culturas que construimos los hombres. Y sabía articular su pensamiento de una forma maravillosamente clara y dura.

Anthony era un hombre que había decidió bajarse del increíble y altísimo pedestal que había construido como celebridad culinaria para recorrer el mundo verdaderamente “ahí”, verdaderamente “así”, en la calle, en la gente, para entender no solamente lo que la gente come en otros países y otros lugares, sino para conectar profundamente con esos países y esa gente a través de lo que come.

Como un amante de la comida, y un apasionado de la gastronomía de todo el mundo, Anthony me abrió los ojos y los sentidos a muchas cosas, pero como hombre, como un ser humano común pero con un micrófono amplísimo que abarcaba al planeta, logró tocarme como persona, logró transformar mi visión acerca de lo que otros podían ver de México. Logró hacerme entender cómo la gente generosa que abre su mente y su corazón al mundo y a los demás descubre cosas que lo llenan y que lo tocan. Él, al dejarse tocar por México y escribir acerca de eso desde su corazón, logro tocar el mío. No habrá manera de poder agradecérselo.

Si estuvieras vivo y tuviese la oportunidad, me habría encantado invitarte a casa, Anthony, prepararte la comida que me gusta a mí y convidarte un vino que me guste a mi. Porque, aunque sé que comiste de las comidas del mundo, bebiste de los vinos más importantes del orbe y te sentaste ante las mesas más importantes del planeta, sé que habrías apreciado con el corazón la compañía de un buen amigo que te ofrecía su casa para comer y compartir.

Esa para mi fue la clase de hombre que era Anthony Bourdain. Eso es lo que me demostró con lo qu escribía y esa es la grandeza de alguien que se permite hablar con el corazón y desde el corazón, que ama lo que hace.

Muchas gracias por todo lo que nos enseñaste, Anthony. Es una tristeza que este mundo no pudiera acunarte y arroparte mejor, para darte un lugar donde pudieras seguir disfrutando la vida como nos enseñaste a otros a disfrutarla.

Descansa en paz, amigo.