No nos enseñaron a decir Adiós

No nos enseñaron a decir adiós. Nos enseñaron a decir hola. A sonreír. A querer. A querer mucho. Muchísimo. A extrañar. A abrazar. A sostener. Y de repente, se embarga el dolor de saber que lo que quieres ya no está. Está ausente. Perdido. Y la pérdida duele. A algunos les duele poco. A otros mucho. A otros por ahí, muchísimo. La pérdida de la amistad, del amor, de tu casa, de tus cosas, de tu identidad. O lo que creías que eras tú. La pérdida es una palabra que tiene un peso muy fuerte, porque ya de entrada, supone que resta, que fracasa. Pocas veces se entiende la pérdida como algo que aligera. Que quita peso. Pero la vida no es una adicción constante, ni multiplicación. Es también división, y resta. Y quedarte, en el punto en que estás en cero. Y en números negativos. Y en números irreales e imaginarios…

Te encuentras que estás en la mitad de la vida, o la tercera parte de ella, y que muchos amigos ya se fueron. O sí están, algunos con pinzas. Y que la amistad, ya no tiene el significado de tus veintes, de la convivencia y la complicidad del momento. En realidad, en el día a día, pocos pueden decir que conviven con los que son sus verdaderos amigos. Convives, con extraños, o con conocidos que se vuelven tus cuates, y que quieres, y que se van. Y los que son tus amigos añorados, los adoras, pero ya no estás con ellos en el día a día, y los momentos especiales, se vuelven inmaculados por la escasez de su tiempo en tu vida.

Y tus hijos, los extrañas desde que toman el camión de la escuela y se van. Y amas su independencia, pero añoras cargarlos y abrazarlos. Y se van.

Y los amantes, o mejor dicho, los amados, mejor se alejan, se dejan de whatsapear. Unfollow, bloqueo y ya está. Se torna el lenguaje de la indiferencia, antes que decir adiós.

Y sientes que todos se van, que todos hacen su vida. Y extrañas. Y sientes que todos se fueron del telón, y que te quedaste sola en el teatro, con las luces apagadas. Y no te concibes que tú también estás haciendo tu vida, y que tú, también te vas de la vida de otros, y sin decirlo, también les dices adiós.

Y es que no nos enseñaron a decir adiós. Y es que el adiós, presupone dolor.

Porque no hay escuela del dolor que amortigüe los golpes. Algunos, evitan el dolor, otros lo esconden. Otros lo disuaden. Otros lo resisten. Se burlan. Juegan con él. Y otros, como balde de agua fría, lo aguantan dos minutos y le sacan.

La amistad, los seres amados, los hijos, los cariños, pueden o son efímeros. Estables, duraderos, añorados, amados hasta el tuétano, pero mortales. Como lo eres tú y como lo soy yo.

Y es que no nos enseñaron a decir adiós. Que el adiós, es “A Dios.” A una mejor vida, a algo que eleva el espíritu. A un acompañante que es más grande que todo lo que te imaginas. Que aligera las piedras, y que es un paso más en nuestro camino.

Y que algún día, podamos decir adiós, con la misma alegría que saludamos.

Que la amistad, no sólo se estremezca en nuestros encuentros, si no en nuestras ausencias. Y que los adioses, se vuelvan melodías alegres que oyen nuestros oídos.

Que si no nos enseñaron a decir adiós, entonces, aprendamos a decir:

A Dios.

paula@moustique.com.mx'

Sobre Paula Hurtado

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