Angelitos con mamelucos

Cada vez más me doy cuenta que la búsqueda de la perfección no tiene sentido si no se encuentra con su opuesto, lo imperfecto. Es lo imperfecto, lo humano, lo vulnerable. Es ahí donde la divinidad pisa la tierra.

Esta divinidad no es algo inalcanzable. Inalcanzable como las estrellas de los árboles de navidad gigantes de los centros comerciales. Esta divinidad es sutil. Casi imperceptible.  Parecería que se disfraza y pasa inadvertida.

A la divinidad, hay que vestirla. Darle de comer. Respetar sus horarios. Incluso, llamarle la atención si mete la crema y la loción en el bote de basura. Hay que cuidarla. Y quererla mucho.

Los angelitos se dieron un saltito a la tierra y se pusieron mamelucos. A los ángeles les gusta chuparse el dedo y hacerse piojito. Por lo menos, al angelito que me asignaron.

Es tan perfecto, pero no por esa carita tan maravillosa (de no rompo un plato pero si quiebro la vajilla) que tiene, o esa sonrisa que derrite cual mantequilla en fuego alto. Es tan perfecto por lo humano que es: frágil, vulnerable. Desde que mi angelito se hospeda en casa, me ha impartido cátedras de humanismo.

Mi angelito, me enseña que hay que tratar una y otra vez cuando toca el peine y quiere peinarse. Y ve que no le sale. Pero lo vuelve a intentar. Y cree que ya se peinó aunque todos opinen lo contrario. Me recuerda el valor de la persistencia cuando quiere abrir las gavetas, y se las cierran. Pero a mi angelito no le importa los obstáculos, busca la manera de abrirlas. Y aunque puede llorar de la frustración, intenta al otro día porque tiene esperanza de volverlas a abrirlas.  Este angelito me ha dado clases de fe 001.

Y con un “no no no” pone en claro lo que quiere y lo que no. No se anda con rodeos. No trata de ser políticamente correcto. La diplomacia, le tiene sin cuidado. Si no lo quiere, no lo quiere y punto. No quiere que la amarren a la silla del coche, que le quiten el nuevo descubrimiento (esfera, caja de las medicinas) que acaba de conquistar, o que le zampen otro bocado de pescado cuando ya dijo claramente que no.  Este angelito no trata de caer bien a nadie, y sin embargo , todos la adoran porque es lo que es.

Y revela su divinidad con su capacidad asombrosa de perdonar. No hay hard feelings. Hay días que mamá fue un verdadero desastre. La paseó todo el día en coche, cosa que la harta porque no puede caminar libremente por el mundo. Encima, como buena madre mexicana friolenta, le dejó su suéter de velador con piel de borrego, en el Seat- No Van, que ni aire acondicionado puso. Párale de contar. Pero no, a su mamá se le ocurre poner Amor 95.3 FM; y aparte, con la desafinada voz, la mamá le hace capela a Ricardo Montaner justo cuando estaba conciliando el sueño. No sólo una madre irrespetuosa,  lo peor de lo peor, su pésimo gusto musical.

Ya se acaloró, ya la amarraron, y para acabarla de amolar, ya se mojó todita. Y como mamá sigue en el tráfico, ni el pañal le ha cambiado. Y obviamente, ya no llegamos a tiempo para la cena, el baño, y la canción de cuna de “Son las estrellitas.”

Ante tal afrenta, cualquiera que se considerara sensato, diría que es justo y necesario, declararle la ley del hielo a esa mamá irreverente. Pero no, este angelito, a pesar de su imprudente madre, me da una sonrisa y me extiende los brazos para que la cargue. Me pide y me da amor. Simple.

La divinidad está dando sus primeros pasitos y se arrulla en mis brazos. Es un angelito que tiene tres letras: Pía. Y en su vulnerabilidad y fragilidad, me da el chance de que yo también sea vulnerable, frágil; y que cometa errores. Jugar a equivocarnos para que juntas, echando a perder y aprendiendo, nos aventuremos a vivir. A ser humanos. A ser ángeles que se lavan los dientes. 

paula@moustique.com.mx'

Sobre Paula Hurtado