Carta al Funkytown de parte de Paula Hurtado.

Adiós al #funkytown

Pasado. Futuro. Presente.  En este orden de importancia, se conjugan en una sola palabra: tradición.  Mi funkytown del alma, es hoy ya una leyenda. Una anécdota de lo que fui. De lo que somos. Es hoy ya una esperanza. Y es hoy una nostalgia.

Supe del funkytown por mi abuelo. Era el lugar donde él iba a trabajar todos los días. En ese entonces no le llamaba town, y mucho menos funky. Era el “Centro.” Esperaba con un poco de ansia a que mi abuelo regresara del Centro para empezar a comer. Sabía que si abría la puerta un señor trajeado (lo que hoy llamaríamos Godinez), empezaríamos el almuerzo.  Mi abuelo era un banquero.

Mi abuela me contaba que mi tatarabuelo era uno de los Fundadores del Banco de Londres y México (hoy Santander), el primer banco de México fundado en 1864. Antes de Banamex, el segundo Banco fundado en 1884. El Banco de Londres y México estaba ubicado en la esquina de Bolívar y 16 de Septiembre, y cuando caminaba por ahí, tocaba el buzón nocturno que aún se conserva, como si perteneciera a mí, (y que en secreto), sentía que era mi acto de generosidad al compartírselo al mundo.

El Centro, era para mí, el lugar perfecto para turistear. Eran nuestras vacaciones en la Ciudad. Mi mamá nos llevaba con mucha frecuencia a los Museos (y los escribo con mayúsculas, porque en nuestra familia el arte es como un miembro más). Los preferidos: El Palacio de Bellas Artes. El Museo Nacional de las Artes. Y siempre, sin discusión, íbamos a comprar los jamoncillos de leche que tanto le gustaban a mi abuelo a la Dulcería de Celaya.

Y mi gusto por el turismo urbano (y las crónicas de Ciudad), lo seguía manteniendo con el irremediable, y siempre, caótico y apasionante Centro. En el Centro, fue donde tuve fiestas formidables. Siempre, con la complicidad de nuestro buen amigo Víctor Zavala, que organizaba pobladas bacanales en su minúsculo departamento de Motolinia y 5 de mayo a altas horas de la madrugada para la Academia Internacional de Verano en el 2004.  Encuentro de jóvenes mexicanos y europeos que me dio a mí un sentido de compromiso que desde entonces llevo tatuado.

Y sin saber nuestro destino, el centro se volvería mi más apasionado amante. Cinco años y tres meses de una relación tremendamente íntima. Y a la vez pública. Era un amante a voces. Y digo amante, porque yo había entrelazado mi vida con otro, Santiago, mi esposo. Pero ambos nos enamoramos del funkytown y lo compartíamos. Bolívar 23 fue el inicio de nuestro romance formal. Y digo formal, porque en mi niñez y adolescencia, sólo hubo intensos coqueteos. Pero hasta el 2008, el funkytown, se volvió en mi casa. Y es y será, mi hogar.

Una historia de amor y odio. Como toda historia de amor digna de contarse. Fue en este espacio, donde, por recomendación de mi entrañable Carlos Laborde, me hice una promesa de vida: que cada año adquiriéramos una obra de arte. Con la esperanza de que algún día, mi casa se pudiera convertir en un museo como lo hizo Doña Dolores Olmedo como me lo imaginé cuando tenía 8 años. Y en estas paredes blancas que hoy volteo en una noche de insomnio a las 5:33 de la mañana, reafirmo mi intención, de que mi casa, donde quiera que esté, pueda ser una manifestación de la belleza y de las muchas historias que otros tienen que contar a través del arte.

Para muchos, el funkytown,  es pista de hielo con patines sudados por múltiples pies, Torre Latinoamericana, espacio sagrado de marchistas y en ocasiones, monopolio de éstos con sus prolongadas manifestaciones. Para otros, el funkytown es referente obligado del topileo. Cada sábado, y cada domingo hordas de familias, amigos, vienen a Madero, simplemente “a dar la vuelta.” Donde parece que van a comprar. Pero sus manos están vacías. Acaso el elote y el antojito que se les cruzó de camino. Múltiples significados del funkytown porque el Centro es para todos y caben todos. Y en el todos, hay historias que contar.

Para mí, son todas esas historias, y a la vez no. Pero la historia que yo cuento del Centro, de mi funkytown, es la historia del oasis. De la conquista del desierto. De la conquista del ruido. Y luego, la transformación al silencio. Querido funkytown, llegar a ti es un viacrucis. Eje Central. Isabela Caótica. La Juárez. Arterias que se conjuran para retrasar mi regreso a casa, y probar, por una vez más, esa paciencia que escasamente logro entender. Y cuando por fin llego, una travesía más. La pensión, significaba 15 minutos adicionales para el destino anhelado.

Pero en esta historia, en la que por fin llegas a casa, Bolívar 23 era un oasis, mi oasis. Un lugar donde las dobles ventanas de vidrio, simulaban el efecto de entrar a un templo religioso donde todo el ruido, todo el caos, se quedaba atrás. Nuestro santuario. Esa es mi historia del Centro. Cuando todos se han ido. Cuando los comercios bajan sus puertas de aluminio. Cuando ni la panadería ha abierto. Mi Bolívar. Esa calle que muchas veces caminé sola. En silencio. En ese momento donde los amantes entrelazan sus manos y desean que nadie los encuentre. Solo ellos dos. Sólo tu y yo.

Mi Bolívar, calle mía y de Doña Bertha. Doña Bertha, de Tepito, no vende clorets y mazapanes bajo la banquita de la Parrilla Leonesa; ella regala sonrisas chimuelas. Y a mi paso, sin ardid de cursilería, el recuerdo más iluminado de mis tardes. Bolívar, calle mía y de Will Berry, mi querido vecino y amigo pintor, que en el Café del Centro, se sienta todas las mañanas a dibujar con servilletas. Y al verlo, creo que el mundo se acomoda y que todo está bien. Bolívar, la calle de ese viejito, que nunca me quiso decir su nombre, nunca quiso que lo ayudara aunque sus pasos fueran testigos de un deceso inminente, y que se sentaba en el Oxxo solo. Siempre solo, a comer un sándwich y a murmurar con el mismo.

Bolívar 23, edificio mágico y bellísimo, remodelado por mi adorado Juan Carlos Laborde como proyecto de su tesis, y en el que vivir ahí fortalecía nuestro pacto de confianza. Bolívar 23, punto de reunión para nuestras cómplices noches de películas con mi esposo y nuestro querido Javier Andino, en un sofá y una cobijita que sellaba nuestra amistad.

Bolívar 23. Cita con amigos y desconocidos que se vuelven amigos para descubrir Algo en San Juan. Nuestra aventura por compartir lo que somos a través de visitar, junto con chefs,  el Mercado de San Juan,  tomar clases de cocina en mi casa, y como cereza del pastel, una comida en nuestra terraza como el símbolo del bien compartir. Esa terraza del #gratisfest; las fiestas que se volvieron una leyenda urbana de lo maravillosas que fueron. Y de las que le di lustro a nuestra improvisada pista de baile. Esa terraza que me recibía a las 7 de la mañana para tomar clases particulares de flamenco, aunque llegué a despertar a mi vecina Alejandra que vivía justo abajo.

El funkytown. Bolívar. Mi historia. Pero más, la historia de Pía, de este ser maravilloso, que algún día te citarán intelectuales, periodistas y  ángeles como alguien que dejó una huella de trascendencia en este mundo. Porque  te creaste aquí.  Eres del centro aún antes de que fueras concebida. Mientras que muchos niños no conocen el funkytown, tú, a tus escasos año cuatro meses, eres el bebé con el récord guinness de más cruces por el Eje Central. Tus paseos en carreola, en vez de parques con ladridos de perro, eran paseos al zócalo a contemplar acarreados y/o perredistas que protestaban contra las reformas.  La renovada 16 de septiembre y tú, se estrenaron juntas. El asfalto, al ser testigo de tus primeros pasitos, y tú, al ser testigo de la transformación de este espacio público. El funkytown, tu espacio, ese que te enseñó, al cruzar con empujones en la esquina de Madero y Eje Central, que México, es un lugar para todos, que podemos cohabitar. Y que todos, por muy diferente que parezca que somos, somos iguales.

Querida Pía, el Funkytown, Bolívar es nuestro pasado, presente y futuro. Bolívar es nuestro buzón nocturno del Banco de Londres y México. Es tu buzón. Adiós querido funkytown. No me despido de tí. Me despido de mi misma. Me despido de Santiago y de Pía, de mi familia. Porque hay una parte nuestra, querido Funkytown, en la que sabemos que no somos del centro. Somos El Centro. Por esta parte que nos diste identidad, nuestra gratitud. 

paula@moustique.com.mx'

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