#mamádecloset

Siempre me ha parecido un poco ridículo, esos comerciales de mamás que están en el festival de la primavera de su hijo, y que sufren y cantan como si fueran el mismo niño. O esas mamás, que un 6 de la escuela del chamaco, lo viven, como si ellas hubieran pasado de panzaso.

Se me hacía ridículo, hasta que la vida me dio una lección para callarme mi bocota, y encontrarme en una situación en la que escenificaba a una mamá de comercial que tanto repelía.

El otro día, mi adorada holligancita, alias Pía linda, y yo, estábamos en casa de mi mamá, alias la abuela. Mi Pía, encontró en la cocina, una caja de cereal, y se fue a la sala de la abuela, a comérsela. A mí me pareció gracioso que Pía se las ingenió para abrir el cereal nuevo y se lo comiera. Así que la dejé, y me fui a contestar no sé que cosa en la computadora (seguramente una babosada en Facebook).

Al regresar, mi querida Pía, había vaciado hasta las migajas más diminutas de la caja, en la finísima sala de mi mamá. Que dicho sea de paso, hasta que tuve veintitantos, mi mamá me prohibió junto con mis amigos, entrar a la sala porque decía que éramos una bola de gandules.

En fin, esa sala tan cuidada y territorio sagrado, estaba convertido en una zona de desastre. Pía, con su carita adorada de me la quiero a comer a besos, me sonreía y me quería dar una hojuela de cereal.

Mi reacción: -¡Nos van a matar! – Sabía que la zona de desastre tenía que ser limpiada antes de que la generala mayor llegara a su casa. Como pulpo, me las ingenié para limpiar, aspirar, barrer y no dejar huella de la masacre.

Y es ahí donde experimenté esa extraña sensación de mamá de comercial: de repente, me había convertido en Pía, cómo si yo hubiera hecho la travesura, y no puedo encontrar complicidad más perfecta, que la que viví en ese momento.

No lo sé, soy nueva en esto de ser mamá, pero siento que a veces, los hijos, son como una extensión de la existencia. ¿Han visto esas extensiones blancas para que haya más corriente eléctrica y puedas conectar más aparatos? Pues así creo que son los hijos. Te dan entradas de luz para que se difumine la (tu) corriente eléctrica.

Y de pronto, ya no sabes, si es su luz, o la tuya, pero se transforma en una. Suena muy contra intuitivo para una mamá de clóset que busca reafirmar su identidad y no perderse en el anonimato de Mamá de Fulanita(o). Pero muchas decisiones, las empiezas a tomar en función de ellos, además de por ellos.

El yo se vuelve una palabra muy acotada para transmitir tu sentido y razón en este mundo. El yo toma prestadas otras letras para convertirse en nosotros. Aunque, a veces, caemos en el extremo de convertir un nosotros, en un , y olvidar el sentido de adicción, e instalarnos en el de reemplazo.

Y lo que me parecía absurdo de las mamás de comercial, es que olvidaban su propia existencia, para vivir la vida del niño, es decir, transformarse de un yo a un tú. Pero ahora que, a veces, yo misma me he convertido en una mamá de comercial, comprendo, y miro con otros ojos, esa línea delgada de la empatía, dónde del nosotros hay un paso muy pequeño a un .

La luz que tú das, y la que tu bebé da, en conjunto, es más luminosa para el mundo. No lo sé de cierto, pero supongo, que una de las aventuras de ser mamá, es encontrar ese equilibrio de trascender con el otro ó fundirte en el otro. Cómplices por adicción y no por sustracción, ni por distracción.

paula@moustique.com.mx'

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