La Ruptura

Dicen por ahí que ir al cielo es el regreso al seno materno. Pero sí es verdad lo que dicen, no entiendo por qué a veces nos empeñamos en cohabitar en el infierno, o por lo menos, vacacionar en el hotel de paso del purgatorio.  

Y es que, en algunas ocasiones, la relación de la madre-hija, no es tan paradisiaca como cuando tienes a tu bebé cargado de brazos, y ambas (madre e hija) lo único que reconocen como la felicidad es ese momento tan efímero.

Y es que hay un momento, o muchos momentos, de ruptura con la madre. En que la liga se estira y se estira hasta que se rompe. Pero ese vínculo nunca desaparece, aún con el quebranto aparente de la relación. Hay un lazo invisible que sigue tejiendo los hilos de la identidad, su identidad. Y es que rompemos (con la madre) para reconstruirnos nosotros mismos. Y regresamos (con ella, la madre, la abuela) para reafirmarnos de nuevo en esa identidad.

En mi caso, dos momentos cruciales de ruptura. El primero, cuando tenía 23 años, y de una adolescencia tardía, buscaba lo que llamaba “libertad”. Y la Libertad significaba no tener que pedir permiso para regresarme de una noche de fiesta. Libertad, que la respiré en el cielo de Buenos Aires al regresarme de un camión a las tres de la mañana. Y con la aprobación o desaprobación de mi mamá, decidir irme a vivir con mi mejor amigo. Y sin embargo, buscar la reafirmación de “esa” identidad al buscar su aceptación de mi decisión aunque no la aprobara.

El segundo caso, más sutil, en silencio, con una ruptura de doble vía. Ambas partes buscando re-definirse (y re-inventarse) por lo que ahora son. La madre, convertida en abuela, y la hija, convertida en la mamá. Y la hija, ahora la nieta, como testigo.

Y es una tensión que desgasta. Consume. Con un juego implícito de la aprobación. Porque, aunque ambas están muy ocupadas en demostrar que son madre, y que se es abuela;  siempre, en el fondo, aún cuando no se diga, esa ruptura, busca un dejo de aprobación para reafirmarse en la nueva identidad. Te quieres ir pero no te vas. Dices adiós con la esperanza de volver a saludar.

Hoy, en frente de estas letras, me doy cuenta, que, aunque aparentemente estoy enfocada en construir el respeto con mi nueva chamba de mamá, en el fondo, quiero también la aprobación de mi mamá, de la abuela. Y la aprobación de que para ella soy buena madre. Y es que en realidad, esa calificación me la debería de dar la hija. Pero a falta de que no habla aún (creo) se la paso a la coronela mayor.

Y es que en teoría, no deberíamos buscar la aprobación de nadie. Uno es lo que se es, y hace lo mejor posible. Pero en la práctica, una palmadita siempre ayuda. Queremos mostrarnos como un roble sólido y fuerte, pero queremos una brisa de viento que nos solape. Y esa brisa, puede ser la madre. Y es que, quizás, busco esa aprobación, porque ese vínculo indisoluble, tácito que nos une, es parte de la búsqueda del regreso al paraíso, al seno materno.

No hay moraleja que contar. El final que continúa es lo que es: una historia de un lazo entrañable, pero que se deshilvana en momentos. Y es eso que llamamos vida, en la que buscamos el re-encuentro de lo que se creía esa narrativa perdida, de esa ruptura. Es el re-encuentro a eso a lo que llamamos cielo.

 

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