Mamá de Closet

Siempre me resistí a tener una camioneta. Pero los verbos cambian, y este enunciado se quedó en el pasado. Ahora quiero ser una mamá-van. ¿Por qué el cambio intempestuoso? ¿La practicidad le ganó al romanticismo? ¿De mamá hipster a mamá de los suburbios? ¿Qué hacen esas van que se vuelven tan sexys? ¿Te pasaste al lado oscuro?¿Por qué aspirar al american dream si es una quimera? ¿Y dónde quedaron tus ideales? ¡Qué osito!

Esta es la historia del trayecto de alguien que no-va(n) a la aspiración de una va(n). Como vecina del funkytown, léase el km 0 de esta gran Tenochtitlán, caminar y pasear en taxi era el tipo de vida que “alguien muy urbano” era natural que hiciera. Vivir en el Centro hace del coche algo incómodo, además de que no es bien visto por los que buscan (buscamos) una ciudad más sustentable (whatever that means), y estamos de acuerdo con el estilo de vida de “mejor en bici.”

Todo bien, caminemos, y si tenemos que ir a un lado, tomemos un taxi, porque para ir a la pensión hasta López y Art. 123, haces 15 minutos mientras que, con taxi, ya saliste de la jungla urbana. Y deliberadamente digo “taxi”, porque el chofer, aunque pudiera pagarlo, no es la opción. ¿Dónde lo dejas si no se puede estacionar? ¿Y por qué se tiene que enterar alguien de tu tiempo de calidad del chisme con las amigas, que ya pagaste la luz o qué estás resolviendo temas laborales? El taxi es un gran invento urbano. Y tampoco digo ecobicis, por una sencilla razón, no alcanzo. Este eficiente sistema de transporte público no está diseñado para las chaparritas cuerpo de uva.

En fin, nada más práctico que una vida sin mantener a tu bebé de cuatro ruedas. Hasta que una pequeña cosita de 2.2kg sale de tu panza, y lo primero que te dice es: “Mamá, bájale tres rayitas. De ahora en adelante, tus telarañas mentales pasan a segundo término, y harás lo que es mejor para nosotros. Así que, deshazte de tus etiquetas.” Y así es, el nosotros recobra una nueva dimensión antes desconocida.

Y la pequeña cosita, salió del hospital en una flamante y nueva camioneta Honda CRV. Pero con la noticia de que no era nuestra. Mi hermano amablemente nos llevó a nuestro hogar. Días después, Pía me preguntaba: “¿Por qué me trepas al “Seat-no-van,” si yo recibí al mundo con otra cosa?” En el “Seat-no-van,” está difícil meter el huevito. Dos puertas complica la operación. Y dos puertas cuando pierdes el original de la llave, y tienes que abrir la puerta a la antigüita, más. Y añade que el “Seat-no-van” se vuelve un Ferrari porque de pronto, ¡sólo caben el bebé y el conductor! El que se queda del lado del conductor, ¡está hasta adelante tocando el parabrisas como abuelita de 80 años manejando!

Y todo esto me llevó a pensar, que ser una mamá-van, de pronto, no era tan mala idea. Y que si los patrocinadores de la Civic me leyeran, y de casualidad, quisieran regalarme una camioneta por mi publicidad gratis no solicitada, yo feliz y agradecida la aceptaría con una sonrisota en la cara. Y a Pía seguro le encantaría su camionetota.

Y todo esto me llevo a pensar, de la inutilidad del “nunca” y del “siempre.” La inutilidad de etiquetarse: “mamá cool,” “mamá hipster,” “mamá-Costco,” “mamá-van.” Uno es lo que es, y vive la vida con lo mejor que tiene y puede. En el tema de viajar más práctico, sin duda, viajar más ligero, sin etiquetas ni prejuicios, es la mejor opción para un “nosotros.”

paula@moustique.com.mx'

Sobre Paula Hurtado