No sé cómo ser mamá #mamádecloset

Hay personas que se les da. Sencillamente tienen un chip o un instinto integrado a eso que le llaman la “maternidad.” Con una naturalidad cargan a los bebés, se despiertan a altas horas de la madrugada. Yo tengo que confesar, que a veces no sé que hacer con mi bebé.

Hay tardes en las que no sé a qué jugar con ella. No sé qué canción cantarle. Uno compra y vive sus roles: el de estudiante, el de profesionista, el de ocupada, el de súper ejecutiva, el de hipster, el de súper diva y creo que hasta el de mamá. A veces el rol de mamá se me hace como el  juego rubik, ese cubo que tiene seis caras, y por más que tratas de ponerle la cara de color: el azul, el verde, el blanco, le das vuelta a un cubo, y se rompe la figura. Y si no eres Nash o Will Smith en la película de En búsqueda de la felicidad, no más no completas las seis caras de colores para formar el cubo.

Me queda claro que nadie nace sabiendo ser padre. ¿Pero qué tanta resistencia ponemos a aprender a ser padres? ¿Qué tanta resistencia le damos a dejar de ser lo que éramos y aceptar lo que ahora somos? ¿Qué tanta resistencia a dejar ir y asumir que a veces nos desdibujamos en lo que creíamos  o esperábamos ser?

Me parece que no es cosa menor. Heiftz, experto y maestro en liderazgo en Harvard, sostiene en Leadership on the Line, que uno de los principales miedos de los seres humanos, no es la pérdida, es el cambio. La administración del cambio, recalcaba, es una de las claves del liderazgo. Ya que si cambias por completo una estructura de una forma radical, tal vez muchos no te van a poder seguir porque les rompiste sus esquemas, y más importante, sus anclas. Sus puntos de contacto en la tierra.

Para algunos, ser madre o ser padre, es una tormenta. Un tsunami. Que administración del cambio ni que ocho cuartos. Disrupción. Una revolución por completo a tu identidad. O a lo que creías que eras. Y a veces, la gente que quieres, o creías que estaban contigo, no te la hacen fácil. Muchos cuates, dejan de escribirte, de invitarte, porque “amablemente” piensan que no tienes tiempo. Y sí, no tienes tiempo, y puede ser que sus intenciones sean de muy buena voluntad. Pero, a veces, lo que quieres, lo que en silencio suplicas, es que la maternidad, no arrase de golpe con todo lo que creías ser: tu música, tus salidas, tu vestido fabuloso que se te veía súper sexy, tus amigos, o lo que creías que eran tus amigos.

Y es aquí cuando pienso en el queso gruyere. Los seres humanos somos deliciosos, exquisitos, pero llenos de huecos. De vacíos. Y en esos vacíos, mordidas de cambios… Es de los mayores placeres esa sonrisita de dos dientecitos que te quita las cobijas. Que te quita el sueño, el habla y el alma. Ese compartir y re-descubrirte en una cosita caminando de 76cm.

Pero son esos vacíos que se quedan en los hilos deshilvanados de lo que alguna vez fuiste tú. Y que a veces, sólo a veces, los extrañas. Y son esos vacíos, esas ausencias, de las que a veces nos aferramos porque sin ellos no nos sentimos nosotros, de los que se mencionan en estas letras.

No se trata de saber ser padre o madre. Eso no es el punto. Uno hace lo que tiene que hacer en el momento en el que está. Si el bebé tiene calentura, se toma la decisión de hablar al pediatra, bañarla en agua tibia, abrazarlo, cobijarlo. Y, aunque tengas miedo, de pronto, ya eres padre o madre dando lo mejor de tí. Se trata de ser. Se trata de aceptar.

De aceptar esos huecos como elemento indispensable para que el queso te sepa más rico. Aceptar esos vacíos como parte del todo. Porque esos huecos, esas polifacéticas caras del cubo son lo que te hacen un ser rico en experiencias.

Y abrazar esos huecos para disfrutar también esa consistencia de un quesito exquisito que tienes: ese cachetón o cachetona que acaba de verte escribiendo y que va directito hacia ti para jugar con la Mac. No sé si sé ser mamá. Sólo sé que soy mamá de la hermosa Pía la cual me hace sonreír cada minuto. Con todo y mis agujeros….

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