Hija tradicional

Siempre fui de esas niñas que sufrían con la tarea, la ceremonia, la formación, la escolta, el coro, la boleta. Era, pues, un alma libre atrapada en una escuela cuya rigidez no deja de sorprenderme incluso hoy. Odiaba tener que corretear a la maestra para que me firmara el trabajo del día… firma endemoniada que valía la mitad de la calificación.

Una vez, harta del sistemita de la firma y aterrada de ver aparecer un horrendo 5 rojo en mi boleta, falsifiqué la signatura de la maestra. Terminé acusada de fraude (sic) ante mis papás y los directores de la escuela en una junta que duró —como yo lo veo— toda la vida. Era una maestra muy linda. Total, que no fui feliz hasta que me cambiaron a una escuela activa. Ese día descubrí el mundo; lo juro.

Cuando nació mi hija, yo tenía muy claro que jamás iría a una escuela tradicional, que llevaría la cabellera suelta eternamente y se vestiría como mejor le acomodara, que no estaría sujeta a ningún tipo calificaciones, sellos de caritas tristes o felices, y que crecería con toda la libertad que —según yo— solo una escuela montessoriana le podía dar.


Y así fue… hasta que mi marido nos dijo “nos mudamos a la playa” por un año.


Me lancé, pues, a la búsqueda del Montessori perfecto para mi hija; ese que daría continuidad a mi empecinado plan de formación académica en aquellos nuevos lares. Pero, ah, la vida te tiene una manera tremendamente elegante de ponernos en nuestro lugar. Y eso fue exactamente lo que me pasó: entre los “está muy lejos” y “no hay cupo”, me fui quedando si opciones. El sueño montessoriano se me escapaba de las manos como una trucha de río en aguas rápidas.

Con las fechas de inscripción encima y poquísimos días para encontrar la escuela perfecta, caí en un colegio tradicional. La prisa es canija, y combinada con la felicidad en las caras de los niños, el jardín con pasto natural, la impecable higiene de los salones, la cálida bienvenida de las maestras… terminé por doblar las manitas y firmar el formato de inscripción.

Volví a casa agotada y muy preocupada por lo que acababa de hacer. ¿Estaba traicionando a mi hija con esta decisión? ¿Sería lo correcto? ¿Lograría ella feliz en esa escuela tan atiborrada de orden? Solo había una manera de saberlo. “Y si no, pues la cambio y ya”, pensaba.

El primer día de clases, yo me esperaba lo peor: una llamada de la directora diciéndome que mi hija lloraba inconsolablemente y que era imperante que fuera a recogerla. Pero la mañana transcurrió sin contratiempos, y cuando fui por ella a la hora de la salida me encontré con una niña tan feliz que me parecía irreconocible. Llena de energía, motivada, no dejaba de hablar de sus compañeros y sus maestras.

Los días que siguieron a ese, transcurrieron igual. Yo, con el corazón pendiendo de un hilo esperando la llamada de la directora en la que me hablaría de lo difícil que había sido el cambio para mi hija, y que pasarían meses antes de que pudiera adaptarse al sistema. Pero ella, volvía feliz, radiante de motivación, extasiada de portar su uniforme con el decoro de una sobrecargo, ávida de hacer sus tareas… y orgullosa de regresar a casa con estrellas doradas en la frente.

Me costó, ah, cómo me costó. Pero hoy estoy agradecida con esta escuela, porque me dio la oportunidad de abrir los ojos y ver a mi hija sin mis proyecciones idiotas, sin mi necedad, sin mi falta de flexibilidad.

Ella es feliz con sus zapatos boleados y sus coletas relamidas.

Y eso, para mí, lo es todo.


Heike |  @comanito_style

Mamá, comunicóloga autodidacta y creadora de www.momzilla.com.mx   |  Cuando nació su hija, descubrió un universo paralelo, tanto fuera como dentro de ella.  Amante del diseño gráfico, tiene el firme propósito de aprender a andar en bici.


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