o La Tierra de Nadie.

Queridos lectores de Mejor Ni Hablamos, ¡su misántropo favorito ha decidido regresar; recargado y más encabronado que nunca! Después de meses de ausencia en los que la inexorable incompetencia de nuestro actual gobierno ha propiciado una depresión colectiva – con cuestionables despidos/renuncias de periodistas, inestabilidad económica y amenazas de recesión, secuestros de Estados completos a manos del narcotráfico, etc. – como ustedes comprenderán, no encontraba motivo para escribir; para verter mi veneno, para desahogarme, ó, parafraseando a mi plomero: ¿pa’ que seguir defecando, si el retrete ya está lleno? De ahí, nuevamente, mi necesidad de reclusión ideográfica guardando un absoluto silencio. Pero esta semana algo trivial e inconsecuente disparó en mi un descontento avasallador. Como dicen los angloparlantes “algo se quebró” [something snapped].

Se quebró una tarde lluviosa en la que cometí el gravísimo error de salir con retraso a un importante compromiso laboral cuando, de pronto, una de nuestras – ahora habituales – tormentas defeñas empezó a arreciar. Obviamente, y ¿por qué no? había salido de casa sin paraguas para defenderme. Varado en la lateral del Circuito Interior, esperé casi treinta minutos a poder conseguir un taxi de la calle sin éxito (si se pregunta usted, ‘¿por qué no pidió un Uber?’, espere. Parafraseando, ahora, a mi matarife: aguánteme las carnes que todavía no empiezo.) De pronto una unidad, un tanto destartalada, se compadeció y “me hizo la parada”. Desde la manera en la que se detuvo, hasta el resoplo de descontento cuando abordé el taxi, me hicieron inferir que algo no estaba bien. “Buenas tardes,” le dije, “Voy a Polanco, a Horacio y Lafontaine.” Aliviado y secando un poco mi saco, esperé el ‘con gusto’ ó ‘ahorita mismo lo llevamos, joven’ al que estaba habituado. Para mi sorpresa, escuché un áspero y agresivo: “No, a Polanco no voy. Hay mucho tráfico.” Ante tan amable gesto de esa alma caritativa, sólo proferí un “Gracias” con cierto rin-tin-tin de recordatorio a su progenitora por el reciente 10 de mayo y, como valoro mi vida, contuve las ganas de decirle: “¿luego no se quejen cuando uno prefiera usar otros servicios?” y me bajé de nuevo a empaparme a la acera [para efectos de manipulación emocional: inserte imagen de cachorro mojado bajo la lluvia, aquí]

Se preguntará usted, ¿es ésta otra perorata más, pro-Uber ó pro-taxista? No, esta es una reflexión, una teoría del todo, que pretende desenmarañar ‘por qué estamos como estamos’ o bien, y si me lo permite, hablar de uno de los problemas más grandes de nuestro país, yendo ‘de lo Uber a lo macro’.

No tengo automóvil. Soy un peligro al volante, oftalmológicamente imposibilitado para conducir un vehículo, y lo suficientemente responsable… para no volver a hacerlo. Durante, ya, diez años he utilizado el servicio de taxis que provee nuestra CDMX. En innumerables viajes me he topado con pintorescos personajes: individuos que dejaron huella en mi por su bondad, su capacidad empática, conocimiento, elocuencia, orgullo y hasta devoción por la profesión que desempeñan, y mil cualidades más dignas de loas y admiración. Actos de generosidad que, viéndome con medios para poder pagar, de todos modos han respondido a mi corta liquidez con un, “No se preocupe, joven. Lo llevo hasta dónde va. ¿Cómo lo voy a dejar a medio camino? ¿Que son tres pesitos más, ó tres pesitos menos? Ya alguien me los dejará de propina.” Me he acostumbrado – ¡y cómo le ha costado a mi misantropía! – a esos afables, “¿Qué? ¿Ya a descansar?” ó los consternados “¿Cómo ve ‘x’ situación del país, joven? Ya nos cargó la chinghaüssen” que pretenden incitarme a establecer contacto humano.

He recibido grandes lecciones sobre la historia de México, sobre arquitectura, y como han cambiado las calles, monumentos y edificios de esta ciudad al paso de los años. Aprendí en un taxi que el Ángel de la Independencia, ni es un ‘él’, ni es un ángel, ni es de la independencia: es la victoria alada, la diosa helénica Nike (no, tampoco es un monumentos al calzado deportivo) que conmemora el triunfo de nuestros insurgentes para conmemorar la independencia, que, parafraseando a mi boticario-similar: “no es lo mesmo, pero sí es lo mismo.” Éste ha sido mi principal medio de transporte durante toda una vida. Y hoy, no lo defiendo.

No tengo elementos para desarrollar una apología. Pues estos casos de importantes recuerdos, son opacados por la ola de extorsiones, descortesías, abusos, malos modos y mal servicio que también proveen. No les cuento sobre las “historias de horror” del servicio de taxis de esta ciudad, y me imagino que usted tendrá la propia que, muy probablemente, sea más interesante que la mía. Y es por esto que LOS USUARIOS nos oponemos rotundamente a que se nos prive de un servicio que nos satisface. Las proverbiales redes sociales, y todos los artículos que de ellas emanan, no me desmienten.

El meollo de este debate – como usted habrá leído – radica en el tema de la, tan manida “legalidad”. Es irónico hablar de legalidad cuando se vive en la Tierra de Nadie, dónde no existen reglas, conciencias ni orden social. Pero, démonos el lujo de abordar brevemente el asunto; según entiendo de mis amigos legistas, mientras no exista un artículo que vuelva un hecho expresamente prohibido, hay flexibilidad en la interpretación de las leyes. Yo lo llevaría un paso más allá, expresando que el contrato al que entramos cuando adquirimos un servicio de Uber ó Cabify (o cualquiera de dicha índole) se puede justificar como una renta temporal de automóvil con chofer. Dirán los relativistas que esta distinción semántica podría aplicar a los taxistas públicos. Pues no. Las reglas, pagos, y tramites interminables que tienen que cumplir los taxistas surgen dado a que prestan un servicio a nombre del Estado, que busca garantizar la seguridad de los ciudadanos que lo utilizan. Pero sabemos bien que, ante esto, estamos totalmente desamparados. No somos el único país que sufre de un mal servicio en este rubro.

Sin embargo, lo que quiero resaltar a todo esto, para su deleite y desmoralización posterior es que, en nuestro pequeño cachito de cielo nos evitamos una mejora para atender intereses sindicales, de gremios ú otras pequeñas mafias que tienen coptado nuestro país (me aPejendejé con esta frase que aunque excesivamente reiterada, es cierta). Háblese de los trabajadores de la educación, partidos políticos, sindicatos de electricistas, petroquímicos, etc. Iniciamos creyendo que, la postura correcta es tomar partido a favor de estos grupos, y al destaparse la cloaca, nos enfrentamos a la cruda realidad de que el sistema lo corroe todo. ¿Por qué está en el hoyo nuestro país? Porque no sabemos pensar. Y mucho menos, pensar objetivamente. El pensamiento crítico requiere más que el sentido común para dilucidar una solución ó estructurar un argumento. Requiere de hechos reales, comparativos y visión a futuro. Sin embargo, creemos que podemos dejar que cualquier troglodita aspirare a un puesto administrativo sin nuestra intervención. ¿No es hora de hacer algo? ¿Podríamos, por una vez, dejar de ser activistas de café, y críticos de pantalla? (Y sí, me doy cuenta de la inherente contradicción que siente ud. a leer este último texto.)

¿Cree usted que México debe cambiar? Empecemos por dar vida a estos debates en las redes sociales. Que las causas nos muevan a discutir en pos de soluciones, no sólo para expresar nuestro descontento, y a crear soluciones aplicables. La tecnología está para el beneficio social y la creación de nuevos sistemas que llenen necesidades reales. Uber es sólo una pequeña manifestación de lo que podemos lograr para mejorar. ¿Por qué no aceptar el cambio y avocarnos a seguir generándolo?

Sobre Fernando Canek

"Joven" (si entre comillas) actor/comediante, director, escritor, y coach de actuación.

Comments

  1. […] no se los permitirá. Y con esto retomo la importancia de la tabla anterior y mi artículo pasado “De lo Uber a lo Macro”. Los grupos de poder, las mafias de los sindicatos, núcleos, gremios y demás sistemas de […]