¿Qué le pasó a México? #mejornihablamos

 ¿Le confieso algo? Me he debatido hasta el cansancio publicar una columna en estos días. Seis bosquejos de temas diferentes a la basura. Le he dado tantas vueltas al asunto, leído tantos artículos -opiniones informadas, objetivas, subjetivas, viscerales, calumniosas, desgarradoras, de todo – que al final, tratando de encontrar mi sentir, me di cuenta que había quedado vacío. No tenía palabras. Lo que escribía carecía de sentido; de compromiso. Algo no me cuadraba. Hubiera sido fácil hablar de la, tan manida, ineptitud de nuestro gobierno: tachar de apático/incompetente a Murillo Karam por su estúpido y desatinado “ya me cansé”, condenar a la ‘Gaviotita’ con su “no es momento de hablar de ese tema” ó exaltarme por el viaje de Peña Nieto a China y su casa de 7 millones de dólares (ó bueno, “la casa obtenida por el arduo trabajo de la primera dama”) mientras la estabilidad social se escinde. Ó bien, avocarme a escribir sobre la imperiosa necesidad de conseguir, en Presidencia, un publirelacionista que los ayude a evitar decir tarugadas que le echen más leña al fuego.

Pude haber tomado una postura enérgica, enfrentando a los poderes fácticos que protegen al prócer de la patria y salvador de México, Enrique I, y de como Televisa y Milenio nos quieren hacer creer que ‘el emperador está vestido’ cuando todos podemos ver flacideces expuestas. Quise escribir sobre la importancia de la unión colectiva en pos de exigir la revocación del mandato de funcionarios públicos (que será tema para otro día), porque me parecía rescatable. Pensé reiterar mi desconsuelo ante la presente situación y mi solidaridad con las familias de los normalistas. Pero ya lo había dicho todo con mi silencio.

Por último, se me ocurrió tocar el tema de la manifestación pública y de como, en nuestra obcecación de creerlo el único recurso que existe para lograr objetivos, acabamos desvirtuando las causas que lo generan; de como justificamos con esas torpezas infantiles la intervención de grupos violentos (infiltrados ó no) que desmotivan, dividen y alienan. De como “contagiar la rabia” nos convierte en una maza: irracional, irreflexiva, visceral y propensa a despertar al monstruo de la histeria colectiva. Pero encontré el tema más importante de todos, y me avocaré a él en esta columna: evidenciar al principal responsable de las muertes de Ayotzinapa.

En éste análisis no voy a necesitar de peritos, reportes forenses, testimonios, ó citas directas a artículos. Poseo la misma información que todos sobre el caso, asumiendo que nos hemos mantenido informados a la par. Partiré de la premisa que los normalistas siguen desaparecidos y que como clamor colectivo exigimos: “vivos se los llevaron, vivos los queremos” (frase que, hasta la fecha, trae un nudo a mi garganta.) ¿Quiere conocer al principal responsable? Lo hará cuando se mire al espejo. Todos somos responsables. Todos, en complicidad, ‘matamos’ a esos 43 jóvenes con nuestra apatía ante el tema del narcotráfico. Dejamos de condenarlo, no hicimos nada para buscar la legalización de narcóticos ó la despenalización para el consumidor, y, peor aún, lo aceptamos como un hecho: el consumo de drogas es algo normal. Lo llevamos al punto de una amoralidad cínica diciendo “las drogas no son un problema, deberían ser legales. El problema es que los consumidores se vuelvan adictos. Si la saben controlar, todo está bien.” Y con esta displicencia, con el permiso de los ‘intérpretes liberales’ de la ley, y la doble moral flexible de los rígidos y mochos (que sermonea pero consume a escondidas y luego se va a confesar para expiar culpas) cedimos todos, sin excepción, las riendas de nuestro país al narco. Que no nos sorprenda la violencia, el descontrol y la ineficacia de nuestro sistema de gobierno. Es muy fácil culpar a medio mundo, cuando los primeros señalados deberíamos ser nosotros. Sabemos quienes de nuestros conocidos son consumidores, quienes la encuentran ‘recreativa’ ó ‘relajante’; sabemos dónde se vende, quien lo hace, en que escuelas se consume, y nos parece morbosamente interesante. No lo revelamos, porque hay que ‘chingarse al gobierno y proteger a los propios’. Pero al mismo tiempo argumentamos que, ese gobierno, ‘está coludido con el narco, por eso no legaliza las drogas’. Como se darán cuenta, un caudillismo absurdo, que no mide la estupidez de su propia lógica.

En estos días el clamor popular por la cabeza de Peña Nieto, el hablar de “genocidio”, “crimen de estado” y de un “estado fallido” a la menor provocación, las marchas a cualquier hora y en cualquier lugar, ó el boicot al Buen Fin son los cánticos de cajón. Pero, sabe, no he escuchado de UNA SOLA persona – y mire que conozco a varios del medio artístico – que haya propuesto un boicot en contra de su dealer como protesta por Ayotzinapa. De pronto todos somos inocentes palomitas, ó cultivadores orgánicos de mariguana, ó candidatos directos para canonización. Y si hablamos de consumidores, ah, entonces son los gringos… porque nosotros, nunca. Dejémonos de hipocresías; quitémonos las máscaras. Si de verdad pretendemos incitar a un cambio y retomar las riendas de nuestro país, tenemos que re-estigmatizar el consumo de drogas, por lo menos hasta que se logre su legalización.

Entretanto, digo a todos aquellos consumidores indignados por la situación del país: hagan un pequeño esfuerzo y sacrifiquen su placer ó evasión de la realidad por un momento. ¿No? Por favorcito. No lo hagan por su salud. No lo hagan por ustedes. Háganlo porque, todos, “ya nos cansamos” de tener muertos en nuestra conciencia para justificar ‘la buena onda’. Yo no puedo ser solidario al consumo por más tiempo. Odiaba éste argumento cuando lo escuchaba de amigos, cercanos y santurrones, (y mire que yo sí me puedo subir a un pedestal y dar baños de pureza por no consumirlas, pero decidí erigirme como defensor de las libertades civiles) pero es la verdad última: nosotros le damos poder al narco, como sociedad, al fomentar el consumo. Nosotros lo convertimos en el negocio más lucrativo. Sí, vendrán otras atrocidades del crimen organizado, pero no bajo el amparo de la sociedad.

Es tan fácil culpar a ‘los sospechosos de siempre’; tan fácil decir, “¿qué le pasó a mi país?”, “¿qué le hicieron los demás?” “¡Abajo sus gobernantes, de todos los partidos y de todos los colores que son iguales a los criminales!” porque ver la paja en el ojo ajeno siempre es sencillo, pero más que nada, cómodo. Nos gustan los privilegios, pero sin responsabilidades. Que las consecuencias los asuman los demás. Somos una sociedad ladina: tiro mi basura a la calle, total alguien más la recoge; me cruzo a media calle, total, si me atropellan es culpa del coche; le está yendo bien en la vida a mi vecino, a ver como me lo chingo. Pero no nos vayan adjudicar a nosotros alguna falla, porque entonces si respingamos. ¿Qué le pasó a mi país? Usted y yo le pasamos. Usted y yo dejamos que se convirtiera en un mugrero. Usted y yo nos lavamos las manos en la misma pileta de lodo, mierda y sangre. Y usted y yo salimos a la calle a pedir que ‘alguien más’ lo cambie.

Ha habido muchas referencias, en artículos recientes, a la obra de Lope de Vega, “Fuenteovejuna”, que al final asigna la muerte del villano comendador al pueblo entero para eximir culpas. Yo lo parafraseo, para asignarlas:

“¿Quienes mataron a México? Los mexicanos, señor.”

Sobre Fernando Canek

"Joven" (si entre comillas) actor/comediante, director, escritor, y coach de actuación.

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