Luces y sombras de una visita al salitre y la belleza

En el entendido que viajar ha de ser (en su oportunidad, remítase al texto, todavía inédito, ‘Azares y Desventuras, Guía Impráctica’) la vida echada a la suerte para beneficio del buen curso de la ingenuidad, me propongo este relato, que si bien puede sonar en tono y semblante al ya conspicuo ‘El peor viaje del mundo’ de Apsley Cherry-Garrard; cosas infortunadas de talante semejante lejos de narrar estoy, aunque emparentadas por afines genealogías.

Convengamos lector y autor: viajar devuelve la ingenuidad al cuerpo del más taimado aventurero, que ve necesidad casi perniciosa en irse de sus rumbos conocidos para Conocer. Suerte de terapia para el ejercicio cotidiano del renacimiento, empecinamiento en encontrarse con la incomodidad, irse de sí para irse hacia sí mismo volviendo a nacer al partir, muriendo al volver.

Mi jornada cubana inicia el 9 de octubre de 2014. Ese día, el que da inicio al desencuentro de la tierra propia para encuentro con la ajena, entonces uno nace. Muere culminados esos días aventureros, para volver a nacer en fotografías y relatos. Acá ronda Joseph Campbell con su ‘Héroe de las mil caras’ que delata al subconsciente arquetípico, señalando al que se marcha como al héroe que habrá de librar cruenta batalla, y volverá a narrar a los suyos su calvario. Así visto, el viajero se inviste así mismo de épica, tan escasa en estos días con el desfile cotidiano y grosero de las miserias de este siglo XXI.

Tanta palabrería antecede a este relato en virtud de una obligada contextualización de hechos y dichos, que mi afán de claridad aconseja. Que el lector me dispense.

Me fui a La Habana en búsqueda de ‘incomodidad’ con Chelo, mi compañera de viaje. Llegamos a su calor abrazador con sus vigorosos 32 grados agazapados a la sombra. Ya percibí descendiendo del avión, la familiar anomalía del salitre, la escala, del que supuse erróneamente como lugar de harto ajetreo, en cambio me desconcertó un aeropuerto de tamaños y maneras provinciales. Vino otra sensación errónea, la de que el viaje, entonces, así transcurriría, a ritmo semilento y solaz.

Vinieron los trámites migratorios y con ellos mi travesura con una agente de migración a la que le prodigué audaz piropo, poniendo a prueba de esfuerzo el cuero y semblantes blindados de kilómetros. Atrincheradas 6 oficiales en sus cubículos, serias como un muro, formaban la primera línea de resistencia del ‘enemigo’. A algo en mí se le antojó romper la solemnidad propia de identificaciones y solté la flor, extraje una sonrisita. Seguí a la humillante revisión de pertenencias, la inevitable en lugar de este carácter. Vino el cambio de divisa, tras la espera de maletas que fueron de nuevo revisadas, una a una, por un oficial sentado al uso y costumbre de experto en ecografías prenatales. En Cuba cambian de mano dos monedas: una del ‘turista’, la otra del cubano. La primera regulada por el Estado la segunda también. La primera llamada CUC, la segunda CUP. La primera la que dispensan las casas de cambio y bancos para el viajero. La segunda la devengada por los cubanos.Inicia con asuntos de tipo cambiario la primera confusión relevante y con ella también una sucesión de consuetudinarios tributos por concepto de tantísima cosa y servicio. Adviértanse impuestos y tasas de cambio antes de aventurarse a estas tierras, ahí debajo de estas operaciones hay un costo alto qué pagar en La Isla. Evite llevar dólares (lo compran muy bajo), prefiera el euro y considere llevar también pesos mexicanos con reserva, que los intercambian, ambos, bancos y CADECAS (Casas de Cambio S.A.).

Dos locaciones, Varadero y La Habana. Varadero divisible en la zona hotelera y el Pueblo, La Habana divisible en la Vieja y el resto. Pasé la primera noche en La Habana, la mañana siguiente amaneció con la especulación entre mi acompañante y yo sobre la mejor manera de trasladarse a Varadero, nuestro lugar de estancia por dos noches tras de las que regresaríamos a La Habana. Tras algunas pesquisas: ir de La Habana a Varedero, tarifa del taxi oficial120 USD dls, 170 kilómetros de recorrido. La opción era el autobús, el turístico o el oficial, la dificultad coordinar horarios, lugares. No hayamos fácil la información. Optamos por un taxi privado, un Buick 1956, descapotado, pactado frente al Hotel Nacional. Pusimos, para entonces, a funcionar nuestras artes de negociación tan calibradas en México y conseguimos el viaje por 80 dls (después supimos que pudimos haber conseguido con más saliva el mismo viaje por 15 dls menos). Negociar verbo compañía de la urgencia.

Dentro del viaje otro viaje. Hicimos las dos horas calculadas a una velocidad promedio de 80 kilómetros la hora. Salimos a las 13:30 y sin contratiempos mayores llegamos 15:40. El lujoso trayecto en un auto sin techo, el Sol sangraba profusamente su calor y el viento veloz vino apapachador a nuestro auxilio. Nos estorbó deliciosamente una cerveza medio tibia (no hallé bebidas frías en las tiendas) y no quedó otra que pararse. Arturo, nuestro diligente trabajador del volante nos ‘disparó una chela’. Gesto que quedó en los anales de este relato: casi las 13 horas, en Matanzas, fuimos dignos de un gesto elegante. Todo relator de viajes lo atesora y tiene por deber asentar.

Camino Varadero - La Habana, Cuba ®Walter Rojas
Me vino fácil aquello de Silvio Rodríguez:

‘…la casaca del amigo está tendida,
el amigo no se sienta a descansar.
Sus zapatos de gastados son espejos
que le queman la garganta con el Sol…’

No echamos en falta la conversación, en el auto íbamos cuatro: Chelo, Iris, Arturo y un servidor. Iris, compañera de Arturo, ducha en las artes de la conversación nos hizo espacio solícita y pusimos palabras. Mientras Arturo puntual: ‘allá la fábrica de Havana Club… allá una termoeléctrica’. Entre chiflones y necios sombreros queriéndose echar a volar, tocamos temas diversos de una agenda improvisada: glamur, telenovelas, clima, carencias y abundancias. Trayecto clavado ya en la almohadilla de mis mejores recuerdos: índigo cielo, un alrededor casi familiar, océano, contemplación.

Llegando llegamos. A la izquierda hoteles anodinos, a la derecha el mar erizado apenas por una brisita. Varadero es una lengua de tierra y si se avienta la vista más allá del concreto de los Meliá, se ve mar también. Mar a diestra y siniestra. Alargando pescuezo tengo otro de tantos presentimientos: Varadero y La Habana son destinos con servicios e infraestructura echados a la hamaca. Aunque la intemperie de los viajes siempre despierta dudas y enciende nuestras dotes especulativas, que se quieren anticipar defensivamente con ayuda de nuestro instinto viajero, todo aquel que visita por primera vez es un recién nacido. Llegamos al área ‘exclusiva’ del Hotel Paradisso, en efecto de aspecto refinado y salpicado de pretensión. La oferta hotelera varadense contempla resorts y hoteles medianos, no vimos propuestas íntimas (boutique), ni se diga hostales o casas de huéspedes. Paradisso tiene 510 habitaciones, haga el amable lector sus cuentas de la cantidad de personas que aloja esta especie de unidad habitacional en la playa.

En uno de sus dos lobbies nos reciben para darnos la noticia de que nuestra habitación no está lista y nos adoctrinan amablemente respecto a los amenities, horarios y condiciones, disfrazan restricciones con una fachada de protocolo propio de un destino clase luxury: cinco restaurantes de especialidades, dos de bufetes, un mayordomo a nuestra disposición. Siempre, he de decir, amables..

El alojamiento fue comprado por anticipado, en la modalidad all inclusive a falta de otras opciones con una promesa gastronómica generosa. Comer lo que comen los que viven en tierra visitada, es un viaje anidado esencial. Tanto lo es como ver y caminar, probar la comida local es visitar lo inesperado. La lengua para el habla y para meterse al cuerpo la cultura ajena, comiendo. Ya es un lugar común probado que en los hoteles se come mal, no obstante uno guarda inocente esperanza. Salvo muy aislados platillos, la comida en Paradisso es mediocre con un muy débil espíritu de servicio detrás. Hubo bronca para conseguir reservación en uno de los restaurantes anunciado como japonés. Finalmente conseguimos reservar. Fue gracioso ver cómo preparaban arroz frito con col, boniato (un tubérculo dulce) y brotes de soya. Porciones minúsculas de témpura, un rollo por persona y mucho show de los bienintencionados cocineros cubanos disfrazados de itamae. La concurrencia al restaurante y al hotel en general sin un cubano a la vista: rusos, franceses, chinos, ingleses. La sensación de que Chelo y un servidor éramos los únicos que no nos atrapaba la farsa (dudo ahora que haya sido así) pudo llevarnos al enojo, pero al contrario nos divirtió montones.

Varadero, donde al margen de algún acercamiento oportunista, la gente nos obsequió trato amable, la playa y su mar conjuraron todo mal. Sí, la comida y el servicio para el olvido.

Regresamos a La Habana a hacer efectiva nuestra reservación en el Hotel Nacional. El traslado sin inconvenientes, nuevamente a cargo de Arturo e Iris. El camino trajo de nuevo conversación y de tanta cosa sobresaliente la plática la animaron personas de a pie, a un costado del camino, que ofrecían billetes en abanico a los autos que pasaban. Explicaron nuestros amigos cubanos que ofrecían dinero a cambio de transporte. El transporte público en Cuba es escaso, el disponible de calidad es para el turista. Los que ofrecen dinero así esperan que alguien se pare para llevarlos con el atractivo del dinero ofrecido. Son pocos los que paran, ‘no sabes a quien subes’, advirtió Iris, hay asaltos y agresiones aunque algunos sostengan lo contrario.

Tierra habanera dentro, nos dispusimos a caminar Malecón y La Habana Vieja desafiando temperatura y cansancio. Ya los días vividos advertían de precauciones a tomar, aunque La Habana es presumida como ciudad pacífica y muy lejos de la violencia en práctica en México, siempre viajar obliga alertar sentidos sin menoscabo del disfrute. Eso hicimos, sin embargo, apenas hubimos caminado unos minutos rumbo al Centro, nos abordaron dos jóvenes con la ya conocida contraseña inicial de un protocolo muy cubano:

–Hola, ¿de dónde son?–

–De México– contestamos.

–¡México lindo y querido! entren por la calle paralela, hay mucho qué ver. Nosotros los llevamos–

–No gracias, caminaremos el Malecón–
–¡Cómo creen!, a los hermanos mexicanos los llevamos a donde quieran–

Accedimos, visitamos el callejón de Hamel (de interés, lo recomiendo) mientras los ‘amigos’ espontáneos hablaban a borbotones, manoteaban, alardeaban y al tiempo se lamentaban de su suerte. Sospechábamos el truco pero emborrachaba el embeleso de la atmósfera hasta que nos descubrimos acosados. Estábamos frente a la realidad menos subproducto del agobio económico y más de una compleja cadena de traumas sociales que permea la sociedad cubana de nuestros días. Nos hallamos sentados bebiendo un brebaje de nombre negrón, primo hermano del mojito, que exigieron iracundos nuestros guías a cambio de la caminata guiada que nos habían dado y que nunca les pedimos. Los muchachos nos llevaron con engaños a una supuesta tienda cooperativista donde un hombre muy ansioso quiso vendernos botellas de ron al triple de su precio. Compramos un Legendario Elixir que tiene precio en tienda oficial de 6.5 dls a 20 dls. Detrás de nosotros, al abandonar la casa del vendedor, quedaron airadas protestas e insultos porque no compramos las dos botellas y una cajita de tabacos que teníamos que llevarnos a fuerza por 80dls.

Transcurrieron banquetas de dificultad ese día, se aproximaron no menos de 20 personas ofreciendo toda clase de servicios y productos, ron, tabaco, café, paseos. Pareciera lija el acoso, encontramos alta fricción para avanzar, éramos muy notorios con nuestras caras de extravío, susto y cámaras listas para disparar. Muchos tendiendo la mano. –Ahora ya se ven niños pidiendo, eso no pasaba antes– me dijo un investigador de la Universidad de la Habana. Una mujer me abordó como naufrago que encontró agua dulce, agresiva me pidió dinero, le dije que no tenía, me siguió hasta una tienda donde compramos agua, me acusó públicamente de mentiroso. El hombre más próximo condescendiente me explicó que tuviera paciencia y que fuera más terminante con ellos. Me dijo que tenía la solución: ‘soy médico, hoy es mi día libre, por 5 cucs los llevo a pasear una hora y evito que los molesten’. Para entonces nuestro umbral de tolerancia se encontraba rebasado. Nos negamos: no quisimos aceptar (quizá con un dejo de soberbia) que necesitáramos alguien que nos cuidara, y segundo, cargábamos con hartazgo la idea de tener que deshacernos de él al final del recorrido.

Entramos por más agua, 35 grados, humedad del 70 por ciento. La tienda vendía el ron de la infamia, confirmé la estafa. Se entera el encargado a quien le cuento brevemente. –Eso les servirá de lección cuando viajen a cualquier parte– dice, que yo interpreto indignado –Eso te pasa por venir a Cuba.

HotelNacional
La tarde la salvó la Bodeguita del Medio con sus tostones, ropa vieja, picadillo, moros con cristianos, camarones enchilados y un quinteto musical impecable. Mojitos y ron para aliviar el escozor. Quedó la inquietud de conocer el restaurante La Floridita, la cuna, dicen, del daiquirí .

La música a la mano del corazón, La Habana y su dignidad fantasmal, El Malecón de niños pájaro esculcándose con manos y lengua, sus edificios-ballenas encallados esperando que el último viento los desmantele. Varadero tibio y espléndido, viejos nostálgicos e íntegros. Contradicción pasional. Cuba Revolución panfleto y souvenir. La paradoja inverosímil del que tiene nada y nada se queja, contra el que tiene lo indispensable (salud, casa y letras) y desde ahí se articula la más amarga de las quejas, la más amarga frustración, al más enconado de los reclamos.

Cuba, el bastión de la resistencia latinoamericana vencido por la afrenta permanente que lanza el capital, donde se vende el agua potable en botella de plástico al más sediento, Internet es un lujo muy raro al que se accede con pasaporte extranjero, los hoteles grandes tienen Coca Cola para sus huéspedes y dosifican al extremo de vender en 3dls los mapas de la Ciudad.

walter@moustique.com.mx'

Sobre Walter Rojas